PROSTITUTA.
Daba miedo verla entre tanto polvo, diamante y brillantina. Era como ver a un fantasma, un espectro que vagaba en medio de la noche, danzando entre uno y otro hombre. Era hermoso, a su manera.
La belleza se había degradado, transformándose en un mero objeto sexual. Un juguete de placer.
Se adivinaban lágrimas entre el rímel de sus ojos y una espuma blanquecina de rabia entre sus labios, pero ese era su trabajo.
Antes era deseable. Al verla, no sólo estimulaba el deseo de los hombres, sino también su devoción total. Pero ahora, siendo una puta, se podía hacer con su cuerpo lo que se quisiera. Valía solamente lo que se pudiera pagar por ella y nada más.
Disimulaba el odio ante los cerdos que la veían perversos con cierta gracia: los miraba y en ellos ponía rostros de personas de su vida pasada. Personas a las que amaba y a las que perdió. Personas que la querían y a las que dejó ir. Personas que la amaban sin utilizarla como objeto. Realmente, la amaban.
Cuando los cerdos terminaban con ella, la dejaban botada en la cama como se deja a una toalla después de secarse posterior a una ducha. Entonces la belleza lloraba entre almohadas percudidas y sábanas sucias. Lloraba hasta que le dolía la cabeza y su llanto siempre cesaba con cansancio, mismo que la hacía quedarse dormida. Entre sabanas y almohadas sucias y usadas, tenía sus peores pesadillas.
Despertaba con dolor de cabeza y lágrimas secas en las mejillas. Se metía rápidamente a la ducha, tratando de eliminarse todas las impurezas, pero le era imposible, pues ella misma era un elogio a la impureza. Una porquería digna de ser exhibida en el fango. Una hermosa porquería.
Repetía el proceso cinco o seis veces por noche, siempre con los mismos resultados. Los últimos hombres de la noche por lo regular eran los más cerdos y desgraciados. La dejaban llorando por los golpes que le daban y los rasguños que le dejaban, pero ella en ellos veía su salvación. Pensaba que, si le pegaban lo suficientemente fuerte, ella, probablemente, moriría allí. Ese pensamiento suicida la hacía feliz. Ya no trabajaba por el deseo. Trabajaba porque no deseaba vivir.
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Acerca de mí
- David Rubio
- Escritor y diseñador gráfico underground. Psicólogo social en proceso de formación.
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