miércoles, 31 de agosto de 2011

HIJO DE LA NOCHE


Lo habían golpeado tan fuerte que su cuerpo yacía mallugado bajo el cielo nocturno de octubre. Iba a llover y él lo sabía. Taciturno, observó las estrellas, mientras las primeras gotas de lluvia caían sobre su rostro.

"Al menos no me han matado". Pensó. Se tocó la frente, le ardía como una horrible quemadura en la que el fuego aún chamuscaba la carne. La sangre recorría tres cuartas partes de su cuerpo y formaba un charco debajo de él. La luna brillaba en el cielo y lo iluminaba. Lo reclamaba como un hijo de la noche. Trató de levantarse, pero le fue imposible. La lluvia se intensificó.

"Parece una lluvia de estrellas, o de hermosos cristales". Se dijo a si mismo. Entonces le dieron ganas de llorar, pero reprimió sus lágrimas. No estaba dispuesto a que su madre, la noche, lo viera en ese estado. Consultó su reloj, casi era medianoche. Hizo un segundo intento por levantarse: apoyó las palmas de sus manos y las suelas de sus zapatos en el suelo y trató de impulsarse. Sus muñecas tronaron, sus talones crujieron y sus omóplatos temblaron. Finalmente, su cuerpo cedió y cayó y se estampó sobre su propia sangre. La noche lo había adoptado como su hijo propio y esta vez, fue para siempre.

Su cuerpo sin alma yacía tumbado allí mismo al día siguiente.


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David Rubio
Escritor y diseñador gráfico underground. Psicólogo social en proceso de formación.
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